Los parados y empleados deben unir sus esfuerzos por conseguir que el paro se afronte de la única manera racional que puede concebirse: el reparto de las horas de trabajo.
¿Qué sentido puede tener que con cuatro millones de parados sigan haciéndose cientos de miles de horas extras, en muchos casos no pagadas? La única razón de este sinsentido es la necesidad de los empresarios de reforzar sus beneficios. Como primer paso, debemos exigir una inmediata reducción de la jornada de trabajo a 35 horas sin reducción salarial. Manteniendo nuestro poder adquisitivo aseguramos una demanda para los bienes producidos. Reduciendo la jornada obligamos a los empresarios a contratar a más trabajadores para atender esa demanda de bienes. Efectivamente, el margen de beneficios se reducirá ligeramente, es decir, que el patrimonio de los empresarios se verá ligeramente resentido, pero esta reducción de su riqueza no afectará negativamente al conjunto de la economía.


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